Aprendí a secar lágrimas, y a permitir que otros sequen las mías Aprendí a compartir lindas tardes, a disfrutar cada noche en compañía.
Supe que aunque la gente que de verdad está, no siempre se cuenta con más de los dedos de una sola mano, son las suficientes para seguir adelante.
Avanzar bien acompañado, es el mejor regalo que puede darte la vida. El que no lo sabe aprovechar, verdaderamente, es un tonto.
Cuando hago una vista objetiva de una reunión familiar, veo solo un tumulto de gente yendo y viniendo de acá para allá, con una sonrisa dibujada en su rostro. Cuando esa objetividad se convierte en subjetividad, puedo empezar a sentir el agradable calor de la contención única. Noto como cada uno de nosotros está feliz, disfrutando cada canción que pasa, cada brindis. Veo la casa o el patio más hermoso que nunca.
¿Por qué? Porque cuando estoy en familia me siento completa, siento que nada puede arruinar la ocasión.
Cada día que pasa, agradezco por tener la familia que tengo. Siempre unida, ya sea en tiempos difíciles o simplemente para pasarla bien.
Cumpleaños, navidades, año nuevo, pascua, día del padre, de la madre, del niño, del amigo, o méramente un día de la semana común que tuvimos ganas de encontrarnos, juntos sin miedo a nada. Más no se puede pedir.
Tener de hermanos y amigos a cada miembro de la familia e incluso algún que otro psicólogo también puedo encontrar. Ese primo confidente, esos sobrinos traviesos, ese tío loco, el abuelo que siempre nos cuenta lo mismo, la tía que cocina, & el conjunto entero que siempre tiene una sonrisa para regalar.
Así es mi familia, así la amo & así es como quiero que siga por el resto de mi vida.